|
Reformas de Mercado en América
Latina Puestas a Prueba
Southwest Economy
Julio/Agosto 2002
Al comenzar el siglo XXI, era
creencia generalizada que América Latina alcanzaría
en breve niveles de vida comparables a los de las naciones
desarrolladas. Al menos, ésa era la promesa implícita
detrás de las ambiciosas reformas económicas
emprendidas por la mayoría de los países
de la región durante las dos últimas décadas
del siglo XX. Lamentablemente, no todas las expectativas
se han materializado.
Por el contrario, una ola de descontento
y dudas sobre la conveniencia de las políticas
favorables a la economía de mercado se está
propagando por toda América Latina y el mundo.
Se inició con la resonante voz de una minoría
opuesta a la globalización, pero el grado de
descontento parece estar creciendo e incluso aumentar
tras el colapso de Argentina en los años 2001
y 2002.
¿Por qué Argentina—un
país que a menudo halagado por sus reformas y
citado como un ejemplo para otras economías emergentes—está
sufriendo una de las depresiones económicas más
severas de su historia? Si el mejor estudiante se ha
metido en un problema grave después de haber
hecho lo que el maestro le aconsejó ¿qué
le espera al resto?
Muchos
analistas temen que esta ola de críticas hacia
reformas favorables al mercado haga retroceder el péndulo
hacia políticas populistas y autoritarias que
dichas reformas buscaban a reemplazar. El temor es justificado
debido a que las reformas no han mejorado todavía
los niveles de vida en el grado prometido. Durante los
años noventa, el ingreso por habitante en América
Latina siguió estando muy por debajo de las economías
asiáticas e industriales (Cuadro 1).
No obstante, muchas de las críticas
pueden ser prematuras por dos razones. Primero, las
reformas de mercado han mejorado los niveles de vida
en varios países latinoamericanos, como Chile,
Nicaragua, Honduras y Costa Rica. Segundo, muchos juicios
descuidan generalmente las circunstancias históricas.
El impulso hacia las reformas de mercado no fue originado
por consideraciones puramente ideológicas sino,
más bien, por las duras realidades económicas
que la mayoría de los países latinoamericanos
enfrentaron en la década de los ochenta.
El Camino hacia la introducción
de reformas favorables al mercado
Desde la Gran Depresión
hasta los años 80, el aparente éxito de
economías planificadas centralmente incitó
a muchos países en desarrollo a abrazar la idea
de que los estados, en lugar de los mercados, están
mejor preparados para facilitar prosperidad y oportunidades
interminables a sus ciudadanos. En ese espíritu,
la mayoría de los países latinoamericanos
adoptaron una estrategia de crecimiento basada en una
política activa de substitución de importaciones—cuyo
objetivo era proteger y desarrollar industrias nacionales
a través de la intervención estatal. Los
resultados fueron altas tarifas a las importaciones,
subsidios estatales, nacionalización de las principales
industrias y otras formas de proteccionismo. Los precios
internos fueron controlados. Tipos de cambio que el
riesgo de devaluaciones mantuvo generalmente alto contribuyeron
a encarecer las importaciones de equipamiento necesarias
para la industrialización.
Esta estrategia de substitución
de importaciones pareció funcionar en sus comienzos,
al menos cuando se considera que el PBI por habitante
creció en forma constante a una tasa promedio
anual del 3 por ciento entre 1950 y 1980 (Cuadro 2).
Sin embargo, menos aparente fue la acumulación
creciente de deuda que estaba teniendo lugar al mismo
tiempo. Este endeudamiento derivó en la crisis
de la deuda externa que se inició con la cesación
de pagos de México en 1982 y se extendió
luego por toda América Latina, con un efecto
tan devastador que los años ochenta pasaron a
conocerse como los años de “la década
perdida”. El PBI por habitante declinó
a una tasa promedio anual del 0.7 por ciento durante
esa década. La hiperinflación fue endémica.
Alrededor de 1986, tres de cada cuatro países
latinoamericanos tenían tasas de inflación
mayor al 30 por ciento anual.
La grave crisis de la década
perdida motivó un debate político, no
muy diferente del actual en intensidad y motivación.
La fuerte intervención estatal fue rechazada
en favor de reformas de mercado, en la esperanza de
que la región retornara a la senda de las tasas
de crecimiento de 1950–80, “la época
de oro”. El énfasis en la economía
de mercado empujó las políticas de substitución
de importaciones a un costado. Los mercados domésticos
se abrieron a la producción extranjera. Reformas
institucionales y políticas reemplazaron dictaduras
por democracias. América Latina comenzó
los años 80 con 10 democracias en 26 países;
alrededor de 1990, sólo cuatro países
no eran democráticos y en el 2000, sólo
Cuba no lo era.
La gran era de la intervención
estatal indiscriminada parecía haber llegado
a su fin. Políticas de privatizaciones—que
transfirieron las actividades estatales al sector privado—se
convirtieron en la regla, más que la excepción.
Los sistemas financieros fueron desregulados y se eliminaron
los controles sobre los flujos de capital y las transacciones
en moneda extranjera. Como resultado, América
Latina experimentó un repunte notable en la década
de los noventa. El PBI por habitante volvió a
crecer (Cuadro 2) y la inflación declinó.
A fines de 1996, sólo un país tuvo una
tasa de inflación anual mayor al 30 por ciento.

Aun así, los críticos
de las reformas de mercado argumentan que ese progreso
no estaba relacionado con las reformas. Si bien el PBI
por habitante en la década de los 90 creció
a niveles más altos que en los años ochenta,
las tasas de crecimiento se mantuvieron en la mitad
de lo que habían sido en la época de la
substitución de importaciones. De allí
concluyen esos críticos que los resultados relativamente
buenos de los años 90 fueron sólo la manifestación
de una recuperación natural que habría
sucedido de todos modos. También enfatizan los
criticos de las reformas que el desempleo ha estado
subiendo en toda América Latina aproximadamente
desde mediados de esa década, incluso en países
donde las reformas parecen haber funcionado mejor, como
en Chile.
Piedras en el camino
Estas observaciones sugieren que
la pregunta no es por qué las reformas de mercado
no han tenido éxito, sino por qué no han
sido tan exitosas como sus defensores prometieron. La
teoría económica existente proporciona
alguna orientación al respecto. “El teorema
del segundo mejor” afirma que la ausencia de intervención
estatal en un mercado particular o en un grupo de mercados
no garantiza un resultado favorable para la sociedad
en su conjunto cuando, al mismo tiempo, no se corrigen
o eliminan imperfecciones o regulaciones en otros mercados.
En otras palabras, introducir reformas de libre mercado
en algunas áreas, pero no en otras, no es necesariamente
mejor que mantener un moderado nivel de intervención
estatal en todos los mercados.
Aunque
América Latina haya hecho grandes progresos en
algunas áreas, como la liberalización
financiera y del comercio exterior, no es mucho lo que
se ha logrado en términos de legislación
del mercado laboral (Cuadro 3). El teorema
del segundo mejor sugiere que abrir el mercado doméstico
a productos extranjeros mientras se mantienen fuertemente
regulados los mercados laborales, puede ser una mala
política, incapaz de garantizar la creación
de suficientes puestos de trabajo para emplear a los
obreros desplazados de sectores ineficientes tras la
apertura del mercado a la competencia externa.
Las políticas de los países
latinoamericanos no son los únicos en falta.
Tampoco los países desarrollados han liberalizado
el mercado de productos agrícolas, textiles,
acero y otros artículos. Por consiguiente, en
otra aplicación del “teorema del segundo
mejo” la liberalización del mercado para
un grupo de países no es necesariamente la mejor
política cuando los socios comerciales no actúan
recíprocamente. Así, el fracaso en eliminar
las regulaciones en el mercado laboral y las políticas
proteccionistas de los países desarrollados pueden
ser responsables por resultados de las reformas de mercado
que han resultado ser más modestos que los originalmente
anticipados.
Otro teorema—el segundo
teorema del bienestar—también puede contribuir
a explicar esos modestos resultados. Brevemente enunciado,
este teorema afirma que una economía de libre
mercado puede mejorar la situación de todos los
hogares más que una economía sin mercados
libres, a condición de que los perdedores en
la transición de un régimen a otro sean
compensados apropiadamente. Al llevar a cabo las reformas
de mercado en América Latina, los diseñadores
de políticas públicas pueden haber pasado
por alto esta importante advertencia. Los persistentes
y altos porcentajes de pobreza pueden muy bien ser la
indeseable consecuencia social de esa omisión.
En cualquier caso, las reformas
de mercado introducidas en América Latina desde
los años ochenta han tenido éxito en rescatar
a la región del estancamiento al que parecía
condenada durante la década perdida. Pero estas
reformas no han llegado a crear la “prosperidad
para todos” que prometieron. Sin embargo, es prematuro
atribuir esta insuficiencia a defectos intrínsecos
de las reformas. La evidencia parece apuntar, en cambio,
a serias asimetrías y a falta de profundidad
en la aplicación.
En el tema de las reformas de
mercado, como en muchos otros órdenes de la vida,
el diablo parece estar en los detalles. Sin ninguna
duda, esos detalles pueden ser cruciales para el destino
de las reformas de mercado. Diseñadores y estudiosos
de políticas públicas tendrán que
estar más atentos a las potenciales piedras que
aparezcan en el camino de las reformas de mercado y
desarrollar maneras de conducir sobre ellas, sin arruinar
la economía en el proceso.
Siempre que este desafío
sea confrontado con competencia técnica y paciencia,
la teoría económica disponible proporciona
razones suficientes para ser optimista respecto a la
capacidad última de las reformas de mercado para
generar, a su debido tiempo, la prometida prosperidad
para todos.
—Carlos E. J. M. Zarazaga
y Sherry Kiser
Sobre los
autores
Zarazaga es economista
senior y director ejecutivo y Kiser economista
asociada y coordinadora del Departamento
de Investigación del Centro para
la Economía Latinoamericana, en el
Banco de la Reserva Federal de Dallas. |
|
|